Mostrando entradas con la etiqueta Lucas viejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lucas viejo. Mostrar todas las entradas

Charranes

Esta tarde hicimos una excepción en nuestra perezosa rutina vespertina, abandonamos los libros en la sombra agradable de la terraza y bajamos, equipados esta vez con nuestras cómodas sillas de lona, a la pequeña playa detrás del puerto deportivo. En contra de lo que nos temíamos, la playa estaba razonablemente limpia y no se notaban los seguros estragos que debió sufrir durante la pasada noche de san Juan, con esas temibles hogueras y botellones nocturnos a la orilla del mar que lo dejan todo perdido. Nada más llegar nos dimos un baño, nos secamos un poco al sol y nos acomodamos en nuestras sillas bajas frente al mar tranquilo y sin olas. La marea estaba llena, algunas lanchas con pescadores poco pacientes maniobraban a lo lejos cambiando de fondeadero a cada rato o dejándose llevar por la suave corriente y ninguna de esas horrendas motos de agua hozaba el mar con su zumbido punzante y escandaloso. En la arena se veían muy pocas sombrillas. Apenas algún niño, ningún perro, un verdadero paraíso para lo que vendrá a partir de Julio.

A pocos metros de donde estábamos, como si fueran las vértebras de un monstruo marino varado bajo las aguas, asomaban unas crestas de roca negra que delataban el arranque de uno de los pequeños espigones con los que se trata de aminorar el arrastre de las arenas por las corrientes y mareas. La línea de rocalla sumergida constituye un refugio excelente para crustáceos y alevines, y prueba de ello es que había un nutrido grupo de charranes revoloteando insistentemente sobre esa zona y efectuando constante zambullidas en busca de los ansiados pececillos. Era todo un espectáculo de continuas e incansables acrobacias e inmersiones. Volaban siempre alineados de cara a la brisa, zigzagueando nerviosamente con toda la atención puesta en las tenues siluetas de los pequeños peces. Cuando uno de los charranes cree tener localizado un pez se cierne un instante en el aire batiendo las alas en horizontal como un colibrí, se lanza al agua con las alas replegadas, corrige a veces el rumbo en plena caída y se clava en el agua como una cuchillada precisa. Apenas un segundo después sale a flote y remonta el vuelo como si nada, tragándose al plateado pececillo capturado o bien —la mayor parte de las veces— reponiéndose del pequeño fracaso y buscando ya una nueva sombra sinuosa entre los destellos hirientes del agua.

Absorto en las agradables maniobras de pesca de los pájaros, recordé como contrapunto un documental que vimos en televisión hace unos días y que me resultó muy desagradable. Relataba el comportamiento observado en una especie de pelícanos que hacen incursiones puntuales a un pequeño islote donde anidan los albatros. Lo normal en la colonia de anidamiento es que haya un pájaro adulto en cada nido con su polluelo mientras el cónyuge pesca, pero a veces ambos progenitores tienen que  salir a pescar al mismo tiempo. Los pelícanos aprovechan la ocasión que les brindan estos nidos desatendidos y se tragan al indefenso pollo sin ningún miramiento. La imagen del rechoncho y confiado pollo atrapado en esa especie de fuelle flexible que conforma el enorme pico del pelícano y a punto de ser trabajosamente engullido me resultó insoportable. Fue como asistir, impotente, a un acto de canibalismo, a un cruel infanticidio.
En cambio ahora, en esa playa, no había sentido la menor empatía por los pececillos que capturaban y engullían los simpáticos charranes. En ningún momento había pensado que seguramente fueran alevines, tan infantiles como los pollos de los albatros y que tendrán el mismo final atroz en el ácido estómago del ave que los atrapa. Incluso en el instante de hacer esa reflexión no pude dejar de ver al pececillo capturado por los charranes como algo trivial y casi inanimado.

De manera curiosa, pensé, nuestra percepción del drama de la vida, del dolor y de la muerte, va escalándose y perdiendo intensidad a medida que descendemos en la pirámide de las especies. Visitamos en el mercado los puestos de pescado y nos maravillamos de la frescura del género cuando vemos boquear ahogadamente a los peces todavía vivos o a los crustáceos pataleando, pero huiríamos espantados si en lugar de peces y cangrejos fueran perdices o terneros agonizando sobre los mostradores. Pisamos con pasmosa resolución una cucaracha pero jamás seríamos capaces de hacerlo con un pollito. A veces ni siquiera depende de la escala zoológica sino de la costumbre: queremos muchísimo a los perros y a los gatos, les damos una vida regalada y hasta construimos cementerios para ellos, pero nos comemos sin mayor problema a los cerdos o a los corderos, incluso a sus más tiernas e inocentes crías.

El sol estaba ya cercano al ocaso. Algunos charranes pescaban todavía pero la mayoría habían ido desapareciendo. Un inquietante grupo de gaviotas sobrevolaba lentamente la línea de costa sin esfuerzo aparente, como flotando sobre corrientes invisibles de aire, atentas solo a alguna señal de despojo aprovechable. Mientras plegábamos las sillas y nos disponíamos a subir a casa, me asustó un poco pensar que, en otros apartados de nuestra vida y de nuestras emociones, pudiéramos estar tan erróneamente condicionados y llenos de contradicciones como en este.

Crédulos y charlatanes

Alguna noche de insomnio, buscando en el hastío cuadriculado de la tele algo que me provoque el sueño, he visto a esos fantoches amanerados e impresentables que se denominan a sí mismos adivinadores o videntes. Los hay de todos los pelajes, pero todos comparten ese aire de esoterismo garrulo, ridículo y alucinado, casi analfabeto a veces, así como algún cachivache mágico personalizado: una túnica enorme, grandes anillos y collares, una bola de cristal y hasta gafas “radiónicas” de última generación –compradas en el chino de la esquina– para encandilar a los incautos. Y todos ellos sin excepción disponen de un equipo similar de ayudantes debidamente adiestrados para atender y retener a los incautos que solicitan sus servicios mediante unas líneas telefónicas de tarificación exorbitada. Mucha gente crédula y necesitada de certezas paga con gusto por vislumbrar un destello del futuro a través de la mirada indecente de esos charlatanes desalmados y por escuchar de sus labios una mentira tranquilizadora: encontrarás ese trabajo que buscas desesperadamente, tu hijo volverá algún día, la enfermedad pasará, el amor y la suerte están a punto de encontrarte. Y toda esta transacción oscurantista y fraudulenta se efectúa sin ningún rubor oficial ni mediático utilizando las últimas tecnologías de una cadena de televisión y una empresa de telefonía. Con su iva correspondiente, cómo no. Los timadores instalados cómodamente en el sistema.

Pero no es solo en estos programas vergonzantes de la televisión más cutre donde se palpa la tonta credulidad de nuestra especie. El fenómeno está profundamente arraigado. Solo hay que ver las tonterías mágico-religiosas que pululan en las redes sociales, ese gusto pueril y nauseabundo por publicar imágenes de ángeles y santos donde te prometen sin ningún empacho toda suerte de bondades en los próximos días pero solo si comentas “amén” y las compartes en tu muro de Facebook. A veces incluso llegan a amenazar veladamente con alguna desgracia si no te prestas a seguir el juego. Es muy deprimente ver cómo personas formadas y aparentemente cuerdas se te presentan de pronto sumergidas en ese lodazal de superstición y santería bobalicona. Y en la vida real también ocurre, solo hay que ver a toda esa gente siempre  dispuesta a leer la penosa predicción semanal de su horóscopo, o comprar esa pulsera milagrosa que evita la artritis gracias a su inagotable magnetismo, o colgarse al cuello la piedrita mágica que le venderá cualquier cantamañanas y que concentrará toda la energía positiva del universo precisamente debajo de su papada. No tenemos remedio.

Hace poco visitamos a la hija de unos amigos, que ha sido madre recientemente, y el niño, después de mamar, tuvo un poco de hipo. Sin dudarlo un momento, la mamá fue a buscar una pelusita que tenía guardada para este fin y la puso sobre la frente del infante para que desapareciera el hipo. Sin ningún reparo, con la naturalidad de quien pone una tirita. O sea, parió a su hijo en un centro hospitalario con las más modernas tecnologías, complementa su alimentación con productos de estudiadísima formulación, tiene a su disposición a los mejores doctores, puede incluso documentarse fácilmente de todos los aspectos relativos a su maternidad en cientos de blogs y foros, pero cuando el nene tiene hipo recurre a esa estúpida creencia chotuna y le pone una pelusita en la frente. Después, cuando el hipo pasa –porque pasa con pelusita o sin ella– guarda de nuevo la pelusita convencida una vez más de su innegable efectividad.

Ayer, sin ir más lejos, estábamos tomando una cerveza en un bar que solemos frecuentar en verano. No había demasiados clientes y el pinche de cocina salió a fumarse un cigarro a la calle. Iba hablando en voz alta con alguien que ya estaba fuera y al pasar junto a nosotros se volvió hacia un macetero donde había un poto famélico y dijo: ¿Ves esa planta? pues de vez en cuando la regamos pero no con agua sino con la cerveza que sobra de los vasos cuando recogemos las mesas, y ahí la tienes, ni se inmuta, yo creo está encantada de la vida.
Miramos al pobre poto y comprendimos su evidente raquitismo, la falta del brillo en sus hojas y el aspecto apagado, como de resaca o de síndrome de abstinencia, que todo es posible ya en este mundo de locos.

Pero la cosa no quedó ahí, porque la camarera que atendía la barra se animó también a entrar en la interesantísima conversación y se sumó a la catarsis: Pues mi madre guarda todas las pastillas y cápsulas de las medicinas caducadas, dijo con todo su candor juvenil, las muele, las disuelve bien en agua y luego riega las plantas con ella. ¿Los jarabes también se los echa?, pregunté como si estuviera interesado en la receta. No, no, me dijo un poco escandalizada por mi absoluta ignorancia en alquimia doméstica, solo las pastillas y el polvito de las cápsulas, es como si fuera un abono, ¿sabe usted?

Ah, ya, claro, musité aguantando a duras penas la risotada.
Nos fuimos con la confianza en el género humano por los suelos.

Octubre caluroso

No sé si será debido al cambio climático, ese amenazante lobo que nadie quiere ver y que acabará comiéndose todas nuestras ovejas, pero cuando en pleno octubre los días son tan cálidos como en julio y además tienes la suerte de estar jubilado, la playa entre semana es un lujo equiparable al de aquellos primeros británicos de la Riotinto Company Limited que colonizaron la ría de Punta Umbría y disfrutaron de esas arenas virginales cuando nadie veraneaba todavía.

Es como si a mitad de agosto te hubieras encontrado una vieja botella en la playa con un genio en su interior, la abres con esmero y ante la inevitable pregunta del consabido deseo respondes: “que desaparezcan todos”. Y plaf, una nubecilla de humo y hasta la botella ha desaparecido: toda la playa para ti solo. El sol, las olas, la arena apenas hollada, los pájaros marinos, toda la quincalla que el mar te va dejando primorosamente al borde de la marea, todo es tuyo, solo tuyo. Incluso la paz que lo envuelve todo es tuya, una paz blanca y redonda como un enorme pan serrano recién hecho. No hay sombrillas, ni carritos de bebidas, ni vendedores de baratijas, ni juegos de paletas, ni pachanguita futbolera, ni potingues de coco flotando pegajosamente en el aire. Solo arena, kilómetros de arena a la izquierda, kilómetros de arena a la derecha y todo el mar inmenso y rumoroso frente a tu butaca.

Cuando te apetece te metes al agua derecho, sin necesidad de planear la incursión hasta dar con un hueco por donde nadie se esté meando disimuladamente. Atraviesas el espumoso rompeolas buscando esa zona profunda donde el agua está siempre cristalina, nadas un poco, buceas otro poco y luego te abandonas, te relajas y te dejas flotar de cara al cielo y mecido por el suave oleaje. Te sientes casi como un náufrago en medio del mar y sin saber por qué, quizá influenciado por tantas historias de naufragios, comienzas a mirar con atención a un lado y a otro como si presintieras una presencia inquietante bajo ese mar aparentemente tranquilo e inofensivo. De pronto te asalta la certeza de que si hubiera un tiburón cerca de la costa tú eres la presa más apetecible en kilómetros a la redonda: la única presa, para ser exactos. Y te sientes como un ñu solitario en medio de una pradera sembrada de acechanzas. O más bien como una lombriz colgando de un anzuelo imaginario. Mal asunto, piensas, y hasta te parece oír el siniestro siseo de una aleta dorsal cortando la piel del agua detrás de ti.

No huyes, pero tampoco te demoras demasiado en salir. Y al final lo haces sin demasiado decoro, chapoteando más de lo necesario, carraspeando para parecer menos apetitoso, pensando que el puñetero genio de la botella podía haber sido menos estricto esta vez y haber dejado unos cuantos bañistas aquí y otros más allá para que el escualo tuviera dónde escoger, carajo.


Napalm

La luna en cuarto creciente juega detrás de unas nubes imprevistas y dibuja radiografías imposibles de monstruos difuminados de cambiantes y caprichosas formas. El mar se extiende a lo lejos como un embalse tranquilo y vagamente resplandeciente. Arriba las estrellas se esconden asustadas por los focos cegadores del puerto. Abajo en la calle dos gatos esperan las sobras de la cena de algún vecino caritativo. Ahora pasa despacio, interminable y anacrónico, uno de esos trenes cargados de niños y padres entontecidos cantando una cancioncilla insulsa y pegadiza mientras lo miran todo como si acabaran de llegar de otra galaxia. Para terminar de estropear el ambiente, una vecina ha sacado la tele a la terraza y está viendo uno de esos penosos “realitys” mientras come pipas de manera mecánica y obsesiva. En otra terraza cercana una señora recomienda con insistencia trombocid a su nuera con una seguridad avasalladora y prepotente. Un niño llora en alguna parte. Un perro ladra por nada y otro le contesta más allá, y otro enfrente, y otro, y otro, haciendo trizas definitivamente el aire perezoso y calmo de la noche.

A la mierda la luna, el mar, las estrellas... No hay salida. Huyo de la terraza y cierro la puerta a cal y canto mientras solicito al puesto de mando que una avanzadilla aérea rocíe la urbanización con unos bidones de napalm.

Que al menos huela a victoria, coño.

Doce céntimos

En casa ya nos habíamos habituado a recibir periódicamente el sobrecito con el encendido logotipo del banco Santander. Llegaba sin falta cada mes, inaccesible al desaliento, correcto y formal como solo lo puede ser un sobre oficial con membrete y ventanilla, tanto que hasta daba un poco de pena no abrirlo y pasarlo sin más al cajón del papel para reciclar —eso hubiera sido como taparle la boca a un uniformado botones que se afanara por darte su recado. Así que, a pesar de conocer con exactitud su contenido, siempre tomaba el sobre, rasgaba con dificultad esa obcecada línea quebrada de apertura mal llamada fácil y extraía del interior dos pequeños billetes del tamaño justo para entrar sin ser doblados en el sobre, uno con mi dirección postal para la ventanilla y el otro con el estado invariable de mi cuenta: Saldo anterior… 0,12 €, Intereses devengados en el periodo… 0,00 €, Saldo al día de la fecha… 0,12 €.

Nunca abrimos una cuenta en ese banco pero una serie de acontecimientos propiciaron que al cabo del tiempo acabáramos teniendo una. Hace unos años el banco Banesto ofrecía un depósito a un interés bastante tentador y nosotros entonces andábamos buscando un cobijo temporal y ventajoso para unos ahorros, así que congeniamos con el banco lo justo para el trato y establecimos el depósito a un año. Para ello, claro, tuvimos que abrir una cuenta en la entidad, pero fue bastante cómodo porque toda la gestión se hizo a través de Internet. Una vez transcurrido el plazo, retiramos nuestro dinero y, por supuesto, nos olvidamos de esa cuenta pensando tal vez, con una inocencia impropia de nuestros años, que el propio banco la cancelaría de forma automática al finalizar el depósito y quedarse sin saldo.

Y esa es precisamente la raíz del problema: que la cuenta sí tenía saldo. Sin duda alguna, la aplicación contable del banco generó esos 12 céntimos como intereses durante las horas transcurridas entre el cumplimiento del depósito y la retirada real de los fondos, y los abonó en la cuenta después de haber sido vaciada por nosotros. Meses más tarde, Banesto naufragó en el proceloso mar de las finanzas y fue absorbido por el banco Santander. Y así fue como nuestra ocasional y humildísima cuenta acabó arribando también con su precario capital a las playas de rojas arenas del banco Santander. A partir de ahí comenzaron las comunicaciones, religiosamente mensuales, del estado de la cuenta.
A menudo bromeábamos al recibir el sobrecito mensual e imaginábamos el aspecto puntilloso y circunspecto del viejo contable encargado de tales comunicados, su desaforado celo aritmético al calcular cada mes un interés imposible para un miserable capital de doce céntimos, su heroica paciencia, su exactitud encomiable, su mirada falsamente altiva por la presbicia.  Hasta nos preguntábamos por qué no daba la voz de alarma respecto a la evidente estupidez de continuar informando mes tras mes sobre tan ridícula cuenta, cosa que sin duda habría hecho nuestro imaginario contable si todavía existiera, si no hubiera sido sustituido hace mucho tiempo por esa máquina, rapidísima y certera pero estúpida, que emite mensualmente los estados de cuentas y hasta los mete en sobres y los deja preparados para que el amable repartidor los distribuya a sus destinatarios. No obstante, en cada ocasión, en cada mes de estos cuatro años siendo los clientes más insolventes del banco, nunca dejamos de abrir el sobre y echar un rápido vistazo al interior antes de tirarlo todo al cajón de reciclo, no solo por comprobar la insistencia de aquellos impertérritos doce céntimos sino para confirmar de paso que no hubiera algún cargo no deseado por mantenimiento de cuenta o algo por el estilo, que cosas así y hasta mucho peores se han visto tratándose de bancos.
Y este comportamiento nuestro, epistolarmente educado y precavido a la vez, dio su fruto hace justo una semana porque en esta ocasión, además del recibo habitual de estado de la cuenta, venía también un breve comunicado en el que se nos informaba de que a partir del próximo mes comenzarían a cobrarnos una comisión trimestral de mantenimiento de 24 euros. O sea, que nos costaría 8 euros mensuales mantener una cuenta con un saldo de 12 céntimos. Un magnífico negocio sin duda, sobre todo para el banco. Así que, ahora ya sí, nos sacudimos esa enorme pereza casi congénita a la hora de afrontar cualquier tipo de gestión bancaria y acudimos a la oficina más cercana a la mañana siguiente para cancelar la cuenta.

Aguardamos nuestro turno un poco agobiados por el insistente color rojo de los carteles y paneles decorativos de la oficina, disimulando nuestra incomodidad en medio de ese silencio forzado roto apenas por el leve murmullo de los clientes atendidos en ventanilla de caja o el rozamiento ocasional de un papel abriéndose paso entre los rodillos de la impresora. Transcurrida una generosa media hora nos atendió una señora manifiestamente decepcionada al conocer el desalentador objetivo de nuestra visita. Me pidió el carné de identidad y se puso a teclear en su ordenador. Tenía unas uñas largas y pulcramente pintadas, como élitros de escarabajos exóticos, que amenazaban en cada revoloteo quedarse aprisionadas entre las teclas o, en el mejor de los casos, arruinar de un arañazo el minucioso lacado. Entretanto continué explicándole inútilmente que se trataba de una cuenta residual de un antiguo depósito ya inexistente, que debería haberla cancelado hace mucho tiempo pero que nunca encontré la ocasión y ... Finalmente, ajena por completo a mis absurdas justificaciones y simulando morderse levemente una de sus uñas rojo corporativo escarabajo exótico, me dijo que no, que esa cuenta correspondía a la banca electrónica y que ella no estaba autorizada a gestionarla desde la sucursal, que llamara a un número de teléfono que me anotaba, toda amabilidad y eficiencia, en una hojita amarilla (terrible fallo, deberían ser rojas) y que ya me indicarían cómo hacer para cancelar la cuenta desde esa especie de oficina virtual. Nos despidió con una sonrisa bordeada, cómo no, de rojo y abundante carmín corporativo al tiempo que nos sugería casi con desgana una maravillosa cuenta de ahorro que ofrecía una rentabilidad irresistible. Declinamos amablemente la invitación y salimos con premura de la oficina a respirar aire fresco y recuperar los sentidos en el vivificante bullicio de la calle.

Al llegar a casa me decidí a terminar de una vez por todas aquel enojoso asunto y llamé al número que me habían anotado. Era un servicio de atención robotizado. Una voz femenina un tanto mecánica, parecida a la del navegador de mi coche, me indicó que tecleara los dígitos de mi carné de identidad. Después me fue ofreciendo diversas posibles gestiones entre las que, por supuesto, no estaba la cancelación de una cuenta. Así que fui saltando de menú en menú hasta que conseguí que el robot desistiera de entender mi propósito y me pasara al fin con un agente humano. La agente se llamaba Sandra y respiré aliviado cuando comprobé su naturaleza mortal y la ausencia de opciones numeradas. Intenté imaginar el color de sus uñas mientras le explicaba pero todo mi pensamiento era de un gris apelmazado. Y sí, efectivamente Sandra podía cancelar mi dichosa cuenta. Por fin. Aleluya. Solo tenía que terminar de identificarme tecleando la clave personal de acceso. ¿La clave de acceso? Hace años que tiré a la basura todos los papeles de esa maldita cuenta. No tengo ninguna clave de acceso. ¿De veras es necesario todo esto para cancelar una olvidada cuenta sin fondos? Y Sandra comprensiva y amable pero imperturbable como un adoquín exquisitamente pulimentado, lo siento pero tendrá usted que acudir a la sucursal local más cercana y solicitar que le faciliten una nueva clave de acceso para acceder a su cuenta. Colgué desalentado, derrotado y exhausto.
Esa noche soñé que estaba perdido en una maraña imposible de gestiones bancarias en un mundo plagado de oficinas. Mis sueños suelen ser asquerosamente mediocres y burocráticos, así que todo este asunto no hizo otra cosa sino alimentar aún más mi desastrosa caldera onírica para que generara toda suerte de infiernos administrativos. A la mañana siguiente fuimos de nuevo a la sucursal bancaria y nos atendió la misma agente de las uñas larguísimas rojo acrílico Santander después de una espera similar a la del día anterior. Me moría de ganas de soltarle todas las variaciones cromáticas del enorme absurdo que anidaba en nuestra particular odisea burocrática, esa especie de estupidez normalizada que no le permitía a ella cancelar una cuenta sobre la que sí podía generar una clave de acceso para que desde la oficina virtual otra agente tuviera a bien cancelar definitivamente una cuenta con un saldo de doce céntimos. Pero callé —no quería arriesgarme a ser condenado a vagar eternamente entre sucursales locales y virtuales persiguiendo el santo grial de la cancelación— y me mostré solo un poco molesto, aunque dócil, mientras la sonrisa bordeada de carmín corporativo acababa de generar y me entregaba un sobrecito rotulado “Confidencial”, con membrete, bajo el que latía una nueva clave de acceso absolutamente secreta que aseguraba la continuidad de la gestión canceladora. Qué admirable despliegue de seguridad.

Ya en casa, abrí el sobrecito. “Estimado cliente, al amparo de lo previsto en el contrato multicanal suscrito con nuestro banco, le adjuntamos la nueva clave de acceso asignada, con la que podrá acceder a todos los canales de Banca a distancia”. Qué barbaridad. A todos los canales. Ni que fuera a transferir una fortuna a las Islas Vírgenes. Me armé de valor y llamé de nuevo a la oficina virtual. El robot telefónico se tragó la nueva clave de acceso sin rechistar.  Después de marearlo un poco eligiendo la opción más ambigua de cada propuesta, se aburrió de nuevo y acabó  pasándome con un agente humano. Todos estaban ocupados en esta ocasión, así que Terminator me invitó a esperar escuchando una musiquilla repelente. A los pocos minutos la música cesó y sonó al otro lado una voz femenina. Hola, soy Ana, ¿en qué puedo ayudarle? No era Sandra, maldita sea, así que tuve que volver a repetir mi desesperada historia. Ana escuchó con atención, consultó los datos de la cuenta y me confirmó que ahora sí podíamos proceder a su cancelación. Bueno, solo había un pequeño contratiempo: la cuenta solo podía ser cancelada con saldo cero, así que tendría que sacar en ventanilla los doce céntimos existentes. Solo de pensar en tener que volver otra vez a esa oficina para retirar en ventanilla doce miserables céntimos, el vello de la espalda se me erizó como a un gato aterrorizado y el corazón se me puso a galopar alocadamente. Intenté no parecer ni la mitad de lo enfadado que me estaba sintiendo. Por favor, Ana, llevo dos mañanas perdidas intentando cancelar una cuenta absurda que debió extinguirse hace cuatro años y no puedo volver mañana de nuevo al banco para sacar doce céntimos en ventanilla. ¿Imagina usted la mirada asesina de la pobre cajera? ¿Imagina que sustituya el estupor inicial por la socarronería y me pregunte si los quiero en monedas de dos o de cinco céntimos? Mire, no quiero esos céntimos, los dono a la causa que a usted le apetezca, los dejo para el arqueo de caja, para los huérfanos del banco, ¿no puede usted simplemente borrarlos? ¿No hay alguna manera de arreglar esto ahora y de una vez por todas?
Ana por fin se hizo cargo de mi grado de desesperación, se compadeció y me dijo con una naturalidad inesperada que sí, que también había la posibilidad de hacer una transferencia de esos doce céntimos a cualquier otra cuenta de la que fuera titular. No supe si estaba conmovida con mi desgracia o avergonzada por el excesivo protocolo bancario, pero se ofreció amablemente a hacer la transferencia ella misma si yo le daba un número de cuenta. Me sentí profundamente aliviado, se me había pasado el enojo y hasta sentía simpatía y agradecimiento hacia esa mujer —debía estar sufriendo una rara variante bancaria del síndrome de Estocolmo—, podía incluso salir a la calle gritando mi júbilo y publicando a los cuatro vientos que ya no tenía cuenta en el Santander, pero pisé el freno y esperé a que Ana terminara. Una vez efectuada la transferencia me explicó que la cuenta, si no había ningún problema, sería cancelada definitivamente en los próximos días. ¿Desea efectuar alguna otra gestión, señor? No, por dios, Ana, dejemos por fin que la maquinaria administrativa se relaje y descanse. Muchas gracias.

Una vez colgado el teléfono pensé quemar todos los papeles del banco pero me contuve a tiempo. Después de tantas vicisitudes no podía apresurarme ahora y estropearlo todo. La cuenta no estaba cancelada aún, así que guardé los papeles y la clave de acceso hasta no estar del todo seguro. No imaginaba qué otro impedimento podría obstaculizar la cancelación de la cuenta a esas alturas pero tampoco tenía la menor duda de que ellos, los banqueros, disponían de un amplio abanico de circunstancias que podrían dificultarla. Así que esperé hasta nuevo aviso no sin cierta tensión. A los dos días llegó un sobre del banco que me hizo ponerme en lo peor pero fue una falsa alarma. Solo era un último coletazo de la estúpida maquinaria burocrática: me avisaban por correo ordinario de que habían generado una nueva clave de acceso para mi cuenta, gestión que se había efectuado tres días antes a petición mía y en mi presencia y que no necesitaba por tanto serme comunicada de ninguna otra manera. Excesos del protocolo administrativo, supongo. Mi banco actual, para no ser menos, también se sumó a la locura desencadenada y me envió un correo electrónico comunicándome la feliz llegada de los doce inocentes céntimos a mi asombrada cuenta corriente. ¿De verdad no hay nadie cuerdo al mando de esos enormes buques financieros?

Por fin, justo a la semana siguiente de iniciar los farragosos trámites, recibí un correo electrónico confirmando la ansiada cancelación: “En respuesta a su comunicación telefónica con el Centro de Soporte, le indicamos que en el día de hoy, y siguiendo sus instrucciones, hemos procedido a dar de baja la Cuenta Ahorro, por lo que ésta ha quedado inoperativa”.
Inoperativa, inoperativa del todo. ¡Por fin! De buena gana habría sacrificado un pollo en la azotea para agradecer a los dioses de lo absurdo la resolución del problema, pero no sé si estas cosas se pueden hacer con uno de esos pollos envasados del supermercado. Quemar los papeles, como había pensado unos días antes, parecía más civilizado pero no encontré dónde hacerlo sin riesgo de apestar la casa o provocar un incendio. Así que me decidí por lo seguro, los partí en pequeños pedacitos y los esparcí dentro del cubo de la basura orgánica, nada de reciclo, extinción total y minuciosa de la manera más vil posible. Después respiré tranquilo mientras me abría una cerveza bien fría y me senté en la terraza a ver caer la tarde, a descansar de tanto absurdo, con la absoluta certeza de que jamás doce céntimos causaron tantas molestias ni removieron tantos recursos.

Juegos de lo real

No sé si recuerdas, Lucas, ese chiste gráfico que he tenido siempre junto a la mesa de trabajo hasta hace muy poco que he debido traspapelarlo (tendré que buscarlo, pero seguramente estará en ese libro de Platero que siempre tuve a mano junto al ordenador y que hace poco guardé en otro lugar). Era una viñeta muy simple donde aparecía un tipejo sentado a la manera india sobre un camastro, bastante despeinado y con barba muy crecida, con ojos de insomne o de alucinado, que confesaba su pequeño drama personal:


Lo recorté hace más de 30 años del suplemento dominical de algún diario donde entrevistaban a su autor, un tal Wolinsky, junto con alguna otra de sus viñetas.

Ayer, leyendo un artículo sobre el terrible atentado contra la editorial de la revista Charlie Hebdo donde asesinaron a la mayoría de sus colaboradores, vi ese mismo nombre en una de las víctimas y me pareció casual que dos dibujantes de distintas épocas compartieran ese nombre. Incluso pensé en la posibilidad de que fueran de la misma familia o que incluso este fuera hijo del otro. Luego, al leer que la edad de la víctima era de 72 años, sentí un escalofrío al comprender que eran la misma persona. Aquel admirado dibujante del que nunca más supe durante tantos años es el mismo que ha muerto ahora acribillado por las balas de un fanático enloquecido.

Y ahora he sentido esa tragedia todavía más cercana, como si hubieran matado a algún amigo lejano, como si el hecho de haber conservado tantos años esas viñetas hubiera establecido un lazo casi familiar entre nosotros y ese malogrado dibujante.

Libros usados

Otras veces he disfrutado más de la feria del libro usado, Lucas, lo confieso. Y en esta ocasión, al menos al principio, también ha sido así. Hemos ido de caseta en caseta con la misma ilusión de encontrar en encuadernaciones más robustas todos esos libros de bolsillo que adquirimos cuando leer era una imperiosa necesidad cotidiana aunque la economía de entonces no permitiera excesivos dispendios. Aquellos humildes libritos que sirvieron para calmar la sed de respuestas pero que soportaron tan mal el paso del tiempo, escuálidos libros de cubiertas amarilleadas por el humo de tantos cigarrillos olvidados durante una lectura absorbente e inaplazable, lomos gastados de entreabrirse tantas veces en manos y regazos, endebles encuadernaciones desmadejadas por los años o las apasionadas relecturas de las noches insomnes. Renovarlos ahora es algo así como premiarlos, reconocer el valor de sus páginas y dotarlos de una corporeidad más resistente, como si de un embalsamamiento se tratara, para que sobrevivan otro puñado de años a ese tiempo implacable que todo lo destruye.

No sé qué disparó ese otro regusto más amargo que fui sintiendo después, quizá una dedicatoria personal en la primera página de alguno de los libros hojeados, quizá una anotación o un comentario que alguien hizo al margen de un párrafo especialmente querido o sugerente. Lo cierto es que en algún momento comencé a sentir como si estuviera manoseando objetos personales arrancados abruptamente de las manos de quienes los atesoraron en otro tiempo. La mayor parte de todos aquellos libros, pensé, eran sin duda producto de pequeños expolios familiares, bibliotecas personales malvendidas al peso por apresurados herederos después de llevar a sus ancianos dueños a una residencia o al cementerio.

Me entristecí un poco al pensar por un momento que nuestros libros, Lucas, esos libros que vamos renovando en ferias y librerías y que ahora ennoblecen los estantes de la casa, pudieran volver algún día a ser vendidos al peso a estos traperos que juegan a libreros y comercian con ellos sin apenas saber lo que contienen.

Después me sobrepuse pensando que a lo mejor está bien así, ser guardianes o depositarios temporales de los libros, interpretar con naturalidad nuestro papel en esa ceremonia de rotación inevitable, hacer posible el ciclo, la alternancia que asegure que esos textos amados lleguen a otras manos y llenen otros corazones sedientos de eternidad.
.

Mal arte

Lucas entra en la exposición de arte moderno del antiguo hotel París. No quería pero Alicia le arrastra después de asistir a un agradable visionado de fotos de Steve McCurry en el museo provincial. Nada más entrar le asalta una conmoción predecesora de problemas. Hay unos primeros gestos claramente bochornosos, unos cuadros patéticos, un cartel innombrable. Pero bueno, él se agarra con valentía a la esperanza de que más adelante cambiará el tono y será de otra manera. Pero no, el tono es el mismo o peor conforme se adentra más adelante. Un tiovivo hecho de cascos de motocicleta que gira alocadamente, un vídeo donde alguien apalea con saña a un indefenso monigote de trapo, sensaciones inconexas y sin valor que van sacándole el hastío, la desesperación y hasta el vómito repulsivo contra un lenguaje desacorde, pueril y disparatado.

Al final de la sala hay una mesa, una simple mesa de cocina a la que han acolchado las dos patas de un lado como si se las hubieran roto en un partido de fútbol que hubiera jugado el mobiliario del edificio esa mañana. Después, como guinda merecida del nefasto pastel, otra mesa donde yace una caótica estructura: por un lado hay un saco de yeso que alguien ha llenado de agua y, mientras fraguaba, le ha dado un corte por la mitad y ha dejado que se secara. Esa es la excelsa obra: un saco de yeso roto y solidificado. Y justo al lado hay una especie de jarrón de escayola, probablemente comprado en un chino, que el artista en ciernes ha destrozado tirándolo al suelo para luego recomponerlo pegándolo trozo a trozo de la manera más burda posible. Y toda esa moderna estupidez ocupa ciento cincuenta metros cuadrados de un salón que pretendidamente debe servir a la difusión de la cultura.

Todos estos genios aspirantes y prepotentes no son más que embaucadores avezados que se cuelan con descaro en los medios y en las salas de exposiciones al amparo de una sociedad acomodada, ignorante y débil que ha abolido sistemáticamente todos los cánones y todos los requisitos, impostores en fin que proliferan al abrigo de estructuras culturales cada vez más difusas y acomplejadas que ya no saben discernir entre el arte y la pantomima.

¿Dónde están los investigadores iluminados que acechan la contemporaneidad artística? ¿Por qué no dejan de graznar a la luz de la luna? ¿Por qué no dejan de engordar a sus acomodadas musas y se ocupan de poner el listón a una altura razonable, y liberan por fin estas sufridas salas de toda esa caterva impresentable de genios enfermizos y disparatados?
.

Fotografía

La luz de la escena se asoma al objetivo de la cámara fotográfica, atraviesa la perfecta geometría de las lentes y se deja conducir, reducida ya y mansa, hasta la antesala de la última cámara secreta. La cortinilla del obturador se abre un instante brevísimo, el tiempo justo para que un poco de esa luz, como un difuso esperma vaporoso, penetre en la película durmiente, desflore sin ruido su blanda química sensible y desate la mágica metamorfosis que plasmará la imagen capturada en el pequeño fotograma plástico. .

Otra soledad

Surge una nueva soledad: la soledad telemática. Jamás se te ha ocurrido sentarte a esperar ante el buzón metálico que invariablemente dormita encastrado en tu portal. Simplemente pasas junto a él un par de veces al día y apenas lo miras de reojo. Incluso pasas casi de puntillas muchas veces, como si temieras tener que abrirlo, tener que recoger, con prisas porque el ascensor se escapa con la vecina del tercero, su colorido vómito de facturas, panfletos y comunicaciones bancarias. En cambio después, una vez en casa, enciendes el ordenador, ese otro portal indefinido e imaginario, y te quedas ahí expectante, vigilando la fosforescencia multicolor de la pantalla, atento al icono del correo porque está gris pálido indicando que no hay ningún mensaje esperándote en tu bandeja de entrada, aunque no sea más que otra tontería banal e intrascendente que te conecte por un instante con alguien, que te salve de esa nueva soledad electrónica que te mira ahora, incierta y desmedida, desde la gran madeja vertiginosa y sugerente de Internet. .

Kiwi matinal

Cambiar el sello de sitio o pegarlo en otra parte le parece una maniobra poco elegante de eludir la dificultad. Es como si cambiara el orden de las cartas en el solitario o contara una casilla de menos para no entrar a la cárcel del monopoly. Por eso Lucas insiste en pelar su kiwi a media mañana tal como debe hacerse: corta a medias un pequeño sombrerete en el extremo más liviano de la fruta y desde ahí sigue cortando en espiral descendente una banda constante de piel hasta llegar a la base donde, con un experto giro de muñeca retrocede un poco y amplía el corte (este es el secreto) para terminar sacando toda la piel en una sola pieza desenrollada y perfecta, como aquellos poliedros que hacía en su infancia con una cartulina previamente recortada.

Pero siempre, a la mitad de tan delicada operación, se encuentra con el jodido sello de papel pegado a la piel de la fruta y tiene que esquivarlo como puede modificando la línea de corte del cuchillo y desviándola lo justo para pasar rozando el sello en lugar de atascar la delgada hoja de acero contra él. Y esto siempre es una contrariedad que, aparte de amenazar el apetecido resultado de mondar la fruta limpiamente, estropea esa atmósfera ceremoniosa y tranquila que tiene esa hora de la mañana para Lucas.

Es un problema porque Lucas ignora hasta a quién debe dirigirse. Probablemente será una envasadora de frutas, o un importador quizás, o una cooperativa agrícola. Mejor buscar un poco en Google, veamos, Zespri, hum… Pues sí, resulta que es un Grupo comercial (Zespri Group Limited) en manos de 2700 agricultores de kiwis neozelandeses (más bien serán 2700 agricultores manejados por un importante grupo comercial, pero dicho de esa otra manera queda más idílico y tranquilizador).

Así que a Lucas se le viene todo el asunto abajo. Y no es que se achique ante la ardua tarea de convencer a 2700 agricultores maoríes para que cambien el lugar donde ponen el repelente distintivo a su fruta. Es que de golpe se da cuenta de lo absurdo que es comprar una fruta que viene justamente de las antípodas y que, a pesar de todos los controles de calidad que la empresa pregona a los cuatros vientos, debe ser recolectada demasiado temprano, demasiado verde aún, para que aguante el largo viaje en las bodegas de grandes barcos y aviones hasta llegar a los mercados de Europa con una lozanía engañosa y carente del natural dulzor que debe tener ese fruto en sus tierras de origen.

De modo que se decide por apartarse en lo posible de esa globalización alimentaria que nos ata poco a poco a la insaciable avaricia de los grandes monopolios. Sin duda será mejor comprar productos más cercanos, quizás menos exóticos pero madurados de manera más natural y también más baratos. Y sobre todo sin ese jodido sellito que tanto le joroba.

.

Fútbol

Lucas tiene fama de no gustarle el fútbol. Y la verdad es que casi es así porque no tiene un equipo favorito, ni una camiseta con el nombre de algún famoso jugador, ni una de esas coloridas y uniformadas bufandas, ni ninguna tendencia conocida en ese exagerado mundo de carísimas estrellas y esperpénticos entrenadores. Y Lucas tampoco se preocupa demasiado del tema. Cuando hay algún partido interesante se queda a verlo, o no se queda, según le viene y según la compañía, pero eso sí, sin demasiados aspavientos, sin querencias excesivas, sin ese apasionamiento generalizado que tantas veces observa y casi desprecia y hasta envidia alguna que otra vez cuando el fervor hincha el graderío y llena el aire de esa emoción poderosa y primitiva al tiempo que el balón penetra la red sorprendida de la portería contraria.

Pero Lucas sabe que no es del todo así aunque lo parezca. Lo normal es que pase de todos esos partidos de liga grises, anodinos, sin ninguna gracia, vacíos de buen fútbol y llenos de añagazas y de intereses que nada tienen que ver con el deporte. Pero de vez en cuando vienen los mundiales y eso ya es otra cosa. O casi. Lucas se entretiene entonces y se preocupa de ver esos partidos y observa el espectáculo de la televisión, pero también observa el espectáculo del pequeño graderío que se agita delante de la pantalla: gorras, bufandas, trompetas, camisetas, caras pintadas, gritos y pasiones y cervezas mientras la selección española se debate en esos céspedes extranjeros.

Lucas tiene una loca teoría, y es que solo a él le gusta el fútbol. A la gente, piensa, no le gusta el fútbol. La gente solo quiere que su equipo, sea el que sea y haga lo que haga, gane. Y le vale todo. Le vale la trampa, la falta, el fuera de juego, la patada, todo con tal de que el resultado nos convenga y nos haga ganar, o pasar a la siguiente etapa o salir del atolladero. Después, cuando la selección pierde y se apea de la competición, la gente pierde súbitamente todo interés por el fútbol y se dedica a otras cosas mientras Lucas se queda sólo y perplejo ante el televisor del bar disfrutando de algún partido de película.

Pesadilla

Es la pesadilla recurrente de Lucas: esa sensación de arrastre irremisible, como si hubieras caído al cauce de un tempestuoso torrente y no pudieras hacer otra cosa que mantenerte a flote esquivando los escollos en cada curva, impotente y agotado ante la descomunal fuerza del agua que te lleva sin remedio hacia donde no quieres ir. Es como si chocaras con una masa enorme de gente que viene en sentido contrario al tuyo y te lleva en volandas. Tú sabes que hacia allá está el único sentido posible de la vida, escuchas el rumor de las aguas, presientes el verdor de los árboles, el aire fresco y húmedo de la selva plagada de vida. Y sabes también que hacia atrás, hacia donde la multitud te arrastra, solo hay un árido desierto calcinado y lleno de acechanzas. .

In memoriam

Parecía una delgada percha dentro de su propia vestimenta. Era extremadamente enjuto, las manos huesudas y secas, las delgadas piernas arqueadas y lentas, y esa pequeña cabecilla resignada y benevolente dirigiendo con esfuerzo aquel pesado andador que le prestaba la poca seguridad que le negaban sus castigadas y maltrechas rodillas. Se llamaba Manuel. Lo encontraba cada tarde mientras acompañaba a mamá por el pasillo de la primera planta de la Residencia hacia el comedor. El iba siempre demasiado despacio y lo pasábamos en el primer tercio del recorrido. Hola Manuel, cómo va eso. Hola, pues aquí estamos, vamos a buscar esa cena aunque sea a rastras. Después, a la vuelta, cuando ya había dejado a mamá sentada en el comedor, me cruzaba de nuevo con él en el mismo pasillo y le tocaba el hombro con cariño al pasar a su lado, hasta mañana Manuel, adiós, hasta mañana Lucas, me respondía con un hilillo de voz.

Durante los dos años que pude tratarlo jamás vi que nadie lo visitara. A veces le preguntaba cómo estaba y él siempre respondía lo mismo: a esta edad siempre está uno mal y cansado, ya no hay nada más que esperar sino que venga la muerte y se lo lleve a uno sin hacer demasiado ruido, es ley de vida. No obstante siempre agradecía mi pequeño gesto y se esforzaba en corresponder con un saludo débil pero atento y cariñoso. Un día, durante una espera fuera de lo común a que el personal abriera la puerta del comedor, me contó que había sido minero toda su vida y que estaba muy tocado por la silicosis y aquellos malos años de la posguerra donde pasaron tantas privaciones y penalidades. Hablamos un poco de las minas, de la gente conocida que estuvo en ellas y poco más hasta que abrieron las puertas del comedor. Es lo más que pude hablar con él.

Hace unos días, al pasar por delante de su habitación, pude verlo en su cama al pasar pero no me atreví a entrar a saludarle. No sé si por desgana o por temor a molestarle, lo cierto es que pasé de largo con mamá y no entré. Pensé que solo estaría resfriado, que no sería nada importante y que volveríamos a verlo al día siguiente empujando de nuevo su andador por el pasillo hacia el comedor.

Hoy, al pasar, he visto su cama vacía y sin ropa y he sentido un escalofrío recorrerme la espalda como un látigo de hielo. A la vuelta del comedor he preguntado a una de las cuidadoras y me ha confirmado lo evidente: Manuel murió hace dos días, solo, en su cama, sin apenas darse cuenta. Eso dicen siempre. Los ojos se me nublaron un instante. Me hubiera encantado tener esa facilidad de llorar que tienen a veces las mujeres. Me hubiera gustado poder disolver en una gruesa lágrima la amargura de no haber entrado en su habitación hace unos días y haberle estrechado la mano antes de que se fuera, tan solo, de este miserable mundo.
.

Garbanzos negros

De pequeño siempre dejaba los garbanzos negros a un lado del plato, como ángeles malignos caídos desde el blanco paraíso humeante del puchero dominical. Hasta que mamá, siempre tan fantasiosa y dramática, comenzó a contarle aquella luctuosa historia de los garbancitos negros que sufrían mucho cuando los niños los despreciaban por su color y los dejaban abandonados a un destino incierto donde como mucho llegarían a ser picoteados por las gallinas del corral o devorados por algún perrillo sucio y hambriento. Desde entonces se sintió responsable de la suerte de los pobres garbancitos negros y no hubo ya puchero en el que no los buscara con ahínco para comérselos devotamente y salvarlos así de su habitual y cruel destino junto con los despojos de la cocina y la basura de la casa. Incluso se los imaginaba contentos y vivarachos mientras los iba masticando y tragando en primer lugar ante la comprensible consternación de los garbancitos normales, tan acostumbrados desde siempre a ser los primeros en subir a la cuchara.

Ahora no se ven garbanzos negros porque las envasadoras ya se ocupan de quitar de nuestra vista cualquier imperfección que pudiera inquietarnos, pero a Lucas se le ha quedado algo de aquellas primeras preocupaciones solidarias porque siempre termina fijándose en el pan que sobra mientras se imagina ese trigo mecido por el viento y madurado al sol para nada, recolectado y molido para hacer una harina inútil con la que amasar y hornear ese trozo de pan que ahora arrojará a la basura.

¿Dónde van ahora los garbanzos negros, las frutas poco agraciadas, la producción excedente, el pescado que despreciamos, todo el alimento que no llega a superar la exigente medida de nuestra estúpida avaricia inapetente? ¿Cómo casar todo ese desperdicio a manos llenas con el drama del hambre en el mundo y la necesidad de tantas cosas básicas en las vidas de tanta gente olvidada?

Por eso Lucas ahora apura el plato y abrevia la ducha, por eso guarda el cordel sobrante del tendedero y busca alguna utilidad para el corcho de las botellas o los palitos de los helados, por eso se resiste a cambiar los muebles o renovar el auto solo por seguir las modas. No porque todavía crea en la infelicidad de los garbancitos negros sino por respeto a esa naturaleza maltratada y a todos aquellos que no tienen demasiadas cosas, ni siquiera las imprescindibles.

.

Sellos

No sé de dónde le vino a tía Verónica el gusto por coleccionar sellos. Probablemente fue una continuación inevitable de aquella primera costumbre adolescente de coleccionar los cromos de las películas. Lo cierto es que se le había quedado el hábito acaparador y los sellos de correos se convirtieron en la continuidad natural de su pequeña afición cuando los cines dejaron de anunciar sus películas mediante aquellas bonitas estampas en formato de tarjeta postal. Además, y eso era importante en vista de los pocos ingresos de la tía, era una actividad también inocente y que no requería en principio ningún tipo de gasto. Los sellos, una vez utilizados, no tenían ningún valor para sus destinatarios y los daban de buen grado. Solo había que localizar a personas que recibieran mucha correspondencia, y en eso sí que hubo un poco de suerte porque en todas las casas donde trabajó de asistenta (un notario, un médico y dos comerciantes) el trasiego de correspondencia era constante. Así que el suministro de material estuvo asegurado durante años.

Probablemente en sus años mozos, esperando a aquél príncipe que nunca llegó para ella, la tía dejó a un lado sus primorosos bordados y reservó un bonito cuaderno de tapas azules donde presentar sus mejores ejemplares, los más bonitos, como unos de Laos que representaban preciosas escenas de elefantes, o ciertas series españolas de castillos o de pintores, pero no le quedaron demasiado bien y además, había que pegarles por detrás una tirilla de papel que a su vez se pegaba después al cuaderno, y el pegamento podía estropear el sello para siempre.

A veces Lucas, de pequeño, entraba al cuarto de la tía Verónica, tomaba con cuidado el cuaderno de pastas duras y se sentaba en la alta cama procurando no arrugar demasiado la colcha primorosamente alisada. Al abrirlo siempre tenía la sensación de asomarse a un mundo lejano y desconocido a través de aquellas ventanillas diminutas.

Al cabo de los años, casualmente, Lucas tuvo ocasión de ver la colección de sellos de una amiga e inmediatamente sufrió un ataque filatélico en toda regla. Ya entonces estaba trabajando y podía permitirse algún que otro lujo. Así que, con el beneplácito de la tía, compró un catálogo de sellos españoles para poder clasificar los sellos y se puso manos a la obra. La tía nunca fue demasiado ordenada y bendito sea ese defecto suyo porque le hizo disfrutar mucho más de aquellas primeras semanas de recopilación de material. Había sellos por todos los rincones de la habitación: en cada cajón, metidos en cajitas y botes de medicamentos, en bolsos y monederos, en medio de la ropa, entre los enseres de la costura, incluso debajo del pompón de una vieja polvera, en cualquier lugar, por poco indicado que pareciera, podías encontrarte un sobrecito lleno de sellos; sellos con botones, sellos con puntillas, sellos con hilos y encajes, sellos con fotografías, sellos con viejas cartas, sellos, sellos, sellos…Y cada uno de aquellos encuentros, lejos de calmar su ansiedad, espoleaba todavía más su enfebrecido afán coleccionista. A veces la tía encontraba otras cosas ajenas al objetivo principal y se ponía a ver fotos que creía perdidas o se daba a la melancolía leyendo viejas postales o cartas casi olvidadas, hasta que Lucas se daba cuenta y la reclamaba de nuevo a su importantísima e ineludible tarea. Durante varias noches pusieron toda la casa patas arriba y no quedó ningún rincón a salvo de aquel minucioso y exhaustivo registro.

Una vez recopilados todos los sellos que había en casa tenía que examinarlos uno a uno recortando al máximo el papel sobrante para facilitar la labor posterior de lavado. Después metía un puñado de sellos en una palangana llena de agua y los dejaba reposar y empaparse. Transcurridos entre 10 y 15 minutos, el pegamento se disolvía en el agua y los sellos se separaban fácilmente del trozo de papel al que habían estado pegados. Les frotaba un poco el reverso con los dedos, todavía dentro del agua, para eliminar los últimos restos de pegamento, y los ponía a secar encima de un paño extendido. Cuando tenía ocupado todo el paño con sellos, antes de que se secaran, los cubría con otro paño para evitar que los sellos se enroscaran sobre sí mismos al secarse. Cuando ya estaban secos los iba repartiendo entre las hojas de un libro para terminar de plancharlos, con exquisito cuidado para no dañar el delicado dentado de los bordes.

Una vez limpios, secos y planchados todos los sellos, vino la entretenida labor de clasificación y selección. Ordenarlos, localizarlos en el catálogo, seleccionar el mejor ejemplar de cada sello atendiendo a su estado, a la ausencia de cortes o dobleces, a la continuidad del dentado, una tarea no siempre gratificante porque a veces un matasellos demasiado enérgico o un recorte demasiado ajustado habían arruinado un sello que podía haber sido perfecto. Finalmente, cada uno de los sellos seleccionados se metía en una pequeña carterita de plástico pegada a la hoja correspondiente del álbum y pasaba a formar parte de aquella diminuta historia panfletaria, multicolor y conmemorativa: bustos de reyes y reinas, día del sello, la carota de Franco eternizándose en todos los perfiles y colores posibles, vírgenes y santos, trajes regionales, uniformes militares, castillos, monasterios, grandes pintores; una sutil mezcolanza, casi inocente, de patria, religión y oficina de turismo. Y detrás de esta historia miniaturizada repleta de homenajes, aniversarios y congresos, estaban las otras más humildes y anónimas, la pequeña historia desconocida detrás de cada sello, su pequeña aventura de papel desde que alguien humedeció su espalda y lo pegó a ese sobre donde quizás llevó a otro alguien lejano unas letras de cariño o de consuelo o de ruptura después de un aparatoso recorrido entre sacas, trenes, furgones y estafetas.

Después la fiebre fue pasando. Aún estuvieron durante un tiempo comprando las nuevas emisiones de sellos pero aquello ya no era tan divertido. Había que adquirir dos juegos de sellos, uno para la colección de nuevos y otro para asegurar la colección de usados. Pero eso era jugar sobre seguro, sin riesgo. Y además era un compromiso, una obligación, pero ya sin atractivo, sin sorpresas. Así que Lucas terminó por abandonar los sellos antes de que ellos le convirtieran en un esclavo estúpido atado de por vida a la oficina de Correos.

Ahora los tiempos han cambiado. Ya apenas se ven sellos porque la mayor parte del correo ordinario se envía mediante franqueo automático o en destino. Ahora, alguna vez, Lucas mira de soslayo los tres álbumes donde dormitan aquellos sellos y siente una nostalgia espesa e imposible: daría con gusto todos esos sellos por poder volver a rebuscar en aquellos cajones una sola noche con la tía Verónica.

Vértigo

Lucas cierra despacio el libro que está leyendo cuidando de dejar un dedo en medio para no perder la página donde lo ha dejado. Bosteza casi con desgana y mira sin prisa el luminoso cielo que augura un placentero día de primavera. Hay algunas nubes deshilachándose en la lejanía y un poco más arriba, casi velada por la luz todavía blanda del sol, descubre con agrado la silueta tenue de la luna. Está en cuarto menguante pero puede adivinarse la esfera completa si se mira con detenimiento. Después de unos segundos observándola es como si la viera flotar en el espacio y tiene esa agradable y extraña sensación que ha experimentado alguna vez en la playa: te tumbas boca arriba en la arena de manera que solo ves el cielo y pierdes toda referencia terrenal, miras entonces la luna y empiezas a verla no como esa figura plana y familiar sino como un astro tridimensional y magnífico, incluso tienes la sensación de que se mueve muy despacio y hasta sientes un poco el vértigo al notar la Tierra pegada a tu espalda como un globo enorme y pesado que también gira y se mueve suspendido en la inmensidad cósmica.

Es temprano y la ciudad entera rezuma esa paz perezosa de los sábados por la mañana que solo interrumpe, de vez en cuando, el ajetreo bullicioso de los gorriones o la bocina de algún camión de reparto. Lucas baja la mirada y se entretiene observando las terrazas de los edificios de enfrente. En casi todas se adivina alguna huella de lo cotidiano: una escalera plegada aquí, una bicicleta allá, una jaula colgada en la pared, un pequeño tendedero donde secar la ropa o ese rincón donde a duras penas se esconde una bombona de butano. Y a veces también alguna persona, alguien que riega unas macetas, alguien que fuma un cigarrillo a escondidas, alguien que apura el café del desayuno leyendo el periódico, o alguien que observa detenidamente las cosas sentado en una silla de mimbre y con un libro entrecerrado entre las manos. Es una colonia humana, un conglomerado de cubos encastrados y superpuestos, cubos unifamiliares donde la gente vive vidas también encastradas y superpuestas.

Ahora pasa una cigüeña atravesando el cielo de sur a norte y Lucas la sigue con la mirada. Vuela bajo, solo unos metros por encima de las azoteas más altas, planeando casi sin esfuerzo con las enormes alas desplegadas como velas tensas y vibrantes, atenta a los caprichos del aire. Se parece a esos reptiles alados de la prehistoria que recuerda de los viejos libros de ciencias. Viene desde la torre de la Merced y va seguramente a la marisma, junto al río, a cazar ranas y culebras. Se pierde ya, majestuosa, por detrás de la esquina derecha de la terraza y justo ahí aparece en escena una diminuta araña negra y vivaracha que cae como a cámara lenta desde el techo. Es pequeñísima, como la cabeza de un alfiler, y se ha quedado suspendida en el aire, girando lentamente, colgada de un finísimo e invisible hilo de seda. Parece una minúscula mano negra que palpara el aire con delicadeza. Se toma su tiempo sopesando no se sabe qué peligros o amenazas, duda, gira otro poco, mueve una patita como si probara la tensión de su hilo, hasta que finalmente se decide, se deja caer despacio sobre un grupo de cactus y desaparece correteando por entre la maraña de espinas.

Lucas aprovecha la seda y se deja caer también, mentalmente, por entre las plantas de su edificio como si el suelo y las paredes fueran de un gel transparente y practicable. Imagina cada piso, localiza en ellos a sus vecinos, constata los mismos cubos encastrados, los mismos espacios superpuestos, las mismas terrazas solitarias donde acaso prospera también alguna araña timorata. Sube de nuevo y se dilata ahora en horizontal por los otros edificios, por toda la ciudad, por todas las ciudades, por cada rincón donde bulle la vida en todas sus formas. Por un momento es consciente de todas esas vidas paralelas, hombres, mujeres, arañas, gorriones, cigüeñas, cada uno en su realidad delimitada y contigua pero todos ajenos al mundo que los contiene, todos pasajeros anónimos y extraños a bordo sin saberlo de un planeta que surca vertiginoso la oscura inmensidad sideral, adormecidos viajeros de un velocísimo tren que gime pesadamente horadando la inconcebible noche cósmica, metiéndole a Lucas todo el viento en los ojos hasta que cierra de golpe la ventanilla del vagón, se cala de nuevo las gafas de cerca y vuelve a sumergirse en la tranquilizadora y confortable lectura de su libro.

Tarta de manzana

En un rincón de la oficina, justo junto a un pequeño armario donde están la cafetera y la tostadora, hay una papelera sobre la que Lucas se pone a pelar su manzana todas las mañanas. Y justo allí, debajo del zócalo que hace esquina, hay una pequeña grieta por donde, de vez en cuando, se ve entrar o salir alguna hormiga diminuta. El suelo es rojizo y las hormigas son como de ámbar tostado, así que esto, unido a su escaso número y reducidísimo tamaño, hace que pasen totalmente desapercibidas para todos, excepto para Lucas, que siempre se fija en esas cosas.

Una de esas mañanas, viendo el miserable aspecto de varias hormigas que deambulaban lentamente, como perdidas, por las inmediaciones de la papelera, Lucas se apiadó un poco, cortó una pequeña tajada de su manzana y la puso en el suelo, justo delante de la fisura que hace de entrada al hormiguero. Después de unos segundos, el escenario cambió radicalmente: las hormigas, alertadas sin duda por el aroma cercano y dulzón de la manzana, adquirieron de pronto una vitalidad inusitada y aceleraron sus movimientos de manera evidente. Cada una comenzó a describir pequeños círculos, titubeando continuamente, frenando en seco a cada pocos pasos para arrancar de nuevo rápidamente en otra dirección, como presas de una duda constante sobre el rumbo a seguir, pero seguras de algún modo de estar a punto de encontrar una comida suculenta. Hasta que al fin se toparon con la gran tajada jugosa y amarilla, y se quedaron muy quietas, con las bocas hundidas en la fresca pulpa, libando su jugo ávidamente. Sin duda era demasiada comida para tan pocas hormigas, pensó Lucas, pero bueno, ya retiraría después lo que sobrara.

Cuando acabó de comerse su parte de la manzana, limpió con esmero su navaja y se dirigió al cuarto de baño a lavarse las manos. Después fue a tomar un vaso de agua al surtidor del fondo del pasillo. Cuando volvió a la oficina se pasó de nuevo por el rincón de avituallamiento para tirar la toallita de papel a la papelera y se quedó estupefacto al ver la tajada de manzana en el suelo totalmente rodeada de hormigas. Todo el contorno de la tajada estaba ocupado, como si fueran las pestañas de un ojo deforme y amarillo, todas perfectamente alineadas alrededor del trocito de fruta. ¿De dónde habían salido todas estas? Finalmente volvió a su mesa pensando que probablemente alguna de la exploradoras dio el aviso a las demás, o quizás acudieron atraídas por el olor, qué más daba, había manzana para todas.

La rutina del trabajo lo atrapó de nuevo y se enfrascó en su actividad frente al ordenador. Estuvo trabajando casi dos horas sin parar hasta que sintió las piernas un tanto agarrotadas. Pensó que no le vendría mal una pausa, así que se levantó a estirar un poco las piernas y beber un poco de agua. Eran casi las doce del día. En el pasillo se encontró con Enriqueta, la señora de la limpieza, puntual como siempre, que empujaba su carrito con los trastos del oficio en dirección a la oficina. Justo cuando estaba llegando al surtidor de agua se sobresaltó: ¡mierda, las hormigas! El grito de Enriqueta fue casi inmediato y Lucas salió disparado hacia la oficina temiendo lo peor. Al llegar se topó con ella que salía farfullando algo contra las empresas fumigadoras que no hacen bien su trabajo. Lucas intentó inútilmente poner cara de inocente y se acercó al rincón de la papelera: el trozo de manzana ya no estaba allí, bueno sí, estaba allí pero totalmente cubierto, como rebozado en una masa mucilaginosa y cambiante de hormigas debatiéndose por hundir sus fauces en la dulce fruta. Y alrededor había más hormigas, también excitadas, buscando frenéticamente un hueco por el que sumarse al nutritivo festín. Lucas pensó hacer algo para salvar la situación pero ya era demasiado tarde porque entonces Enriqueta volvió a entrar en la oficina armada con un enorme bote de insecticida, apuntó certera hacia el rincón y apretó el pulsador sin contemplaciones. La nube tóxica tardó en disiparse y hubo que abrir todas las ventanas, pero el exterminio fue completo así que, mientras Enriqueta hacía desaparecer de un fregonazo el pegajoso amasijo de hormigas e insecticida, Lucas no tuvo más remedio que ponerse a disimular alabando en voz alta la contundente eficacia del producto.

En los días siguientes no se vieron hormigas por parte alguna pero al cabo de varias semanas Lucas volvió a ver un par de ellas merodeando por el rincón de siempre, como al principio, y sintió una mezcla de consuelo y satisfacción. ¡Se habían salvado algunas! Inmediatamente pensó recompensarlas por el descalabro anterior y alimentarlas con un trocito de fruta, pero se contuvo a tiempo pensando en Enriqueta y su terrible arma fumigadora. Después estuvo meditando a ratos hasta que de golpe encontró la solución al problema: solo había que calcular con cuidado la cantidad de manzana que las hormigas podían comerse totalmente antes de que llegara la exterminadora. Era sencillo y podía funcionar, así que al día siguiente cortó una pequeña tajada de su manzana, pero mucho más delgada que la anterior, y la dejó frente al hormiguero. Las hormigas acudieron, rodearon la tajada primero y poco a poco la fueron cubriendo completamente hasta que solo se veía una masa de patas y antenas vibrantes y nerviosas. A las 11:10 ya no quedaba rastro del trocito de manzana y las hormigas se habían dispersado o habían regresado al hormiguero. Perfecto. Lucas estaba satisfecho, era un margen muy seguro, así que resolvió aumentar el grosor de la tajada un poco cada día para no correr demasiado riesgo. Pero curiosamente, después de varias semanas incrementando levemente la ración diaria, la hora de finalización del banquete no pasaba nunca de las 11:15, así que no tuvo más remedio que deducir que el número de hormigas en cuestión aumentaba paulatinamente a medida que lo hacían las raciones que les ofrecía. De todas formas era un factor que jugaba a su favor, así que comenzó a relajarse y aumentó la dosis de manzana hasta llegar a las 11:40. Los veinte minutos restantes los dejó como margen óptimo de seguridad y así estuvo funcionando durante semanas sin ningún tipo de problema. La operación hormiguero feliz era un éxito y los insectos se veían cada vez más activos y vivarachos, nada que ver con aquellas hormiguillas escuálidas y lentas que se veían al principio, y Lucas se sentía cada vez más responsable del bienestar de todos aquellos animalillos diminutos. Incluso los viernes se marchaba a casa un poco apesadumbrado porque las hormigas esperarían en vano su fruta durante el fin de semana.

Una mañana, al poco de estar sentado a su mesa, vio aparecer junto al tarro de los lápices una pequeña hormiga y pensó que a lo mejor era una emisaria enviada por el hormiguero para agradecer a su esforzado benefactor los manjares matinales que venían recibiendo tan asiduamente. Estuvo incluso tentado de hacerle alguna seña y decirle: ¡eh, aquí me tienes, yo soy el de la manzana! Pero no, claro, no era una emisaria. La hormiga, después de una leve pausa de reconocimiento tanteando el aire con sus leves antenas, sorteó sin dificultad el cable del ratón y prosiguió su errática marcha. Probablemente fuera una exploradora que se había aventurado demasiado lejos, así que la animó a subir a un papel y la dejó en el suelo, junto a la mesa. No había transcurrido ni medio minuto cuando la hormiga volvió a aparecer justo por el mismo sitio. No podía ser, pensó, ninguna hormiga es capaz de subir a una mesa en ese tiempo. De todas formas volvió a invitarla a subir a la hoja de papel. Esta vez se giró y fue a ponerla en el suelo pero detrás de la mesa, a salvo de pisadas y ruedas de sillas, y al agacharse comprobó estupefacto que había otras, muchas otras, formando una ondulante fila que venía desde el hormiguero y subía por una de las patas de su mesa. De pronto tuvo un presentimiento y abrió bruscamente el cajón de la mesa donde guarda cada día su manzana envuelta en una bolsita de plástico: ¡Estaban allí también! Las hormigas, se dijo Lucas para sus adentros, se han hecho adictas a la manzana y ya no se conforman con su dosis diaria, quieren más y han pasado a la acción. ¡La quieren toda para ellas!

Disimuladamente, sacó la bolsa del cajón, sacudió a las hormigas manoteándolas un poco y guardó la manzana en un archivador cercano después de comprobar que estaba limpio de insectos. A continuación se dio una vuelta por las mesas de sus compañeros de trabajo y comprobó aliviado que, aunque había exploradoras casi por todo el suelo de la oficina, su número era todavía muy reducido en esas zonas y probablemente seguirían pasando desapercibidas, así que regresó a su mesa y se sentó de nuevo intentando aparentar absoluta normalidad. Había varias hormigas entrando y saliendo de una carpeta de informes, otra subía por el tarro de los lápices, una más aparecía y desaparecía alternadamente por una esquina del monitor y otra emergía del interior del teclado justo por debajo de la barra espaciadora. Se imaginó por un momento a esos pequeñísimos alienígenas deambulando por el interior del ordenador entre polvorientos circuitos iluminados débilmente por leds fantasmales, sintiendo el recalentado huracán que viene del gigantesco ventilador… Pobres hormigas. Abrió el cajón y comprobó aliviado que no había quedado casi ninguna en su interior, así que decidió seguir trabajando como si nada hasta la hora del desayuno, eso sí, vigilando constantemente la mesa y alejando de vez en cuando a las más osadas con un soplido conminatorio o barriéndolas hacia fuera con un dedo, operaciones ambas exentas de riesgo para las hormigas porque, si bien algunas eran impelidas con violencia fuera de la mesa y caían al suelo, sus cuerpos son tan extremadamente livianos que la caída no les causa el menor daño.

Pero el flujo exploratorio no cesaba, todo lo contrario, se incrementaba constantemente y ya no podía concentrarse en su trabajo porque incluso alguna desagradecida le estaba dando picotazos en el codo. Ahora ya comenzaba a imaginarse a los diminutos alienígenas friéndose o electrocutándose en la placa base, o arrastrados por el huracán electrónico hacia el último rincón de la galaxia. Había que hacer algo ya, así que no tuvo más remedio que adelantar un poco la hora del desayuno. Tomó la manzana del archivador, se dirigió a la papelera en el rincón de siempre y se puso a pelarla muy despacio para que el aroma se extendiera por toda la oficina. Una vez pelada, cortó una tajada más gruesa de lo habitual y la dejó en el lugar de siempre, junto a la entrada del hormiguero. Después siguió con la vista la fila de hormigas que todavía se dirigían hacia su mesa, dudó unos segundos como calculando algo, y cortó otra tajada de manzana, más gruesa aún, que puso justo al lado de la otra. Comió el resto de la manzana, guardó su navaja y salió a lavarse las manos y tomar un poco de agua. Al volver se acercó al rincón y comprobó con satisfacción que la estrategia estaba dando resultado: las hormigas orillaban por completo los dos pedazos de fruta y, lo que era aún mejor, la fila que iba hacia su mesa se había dispersado o había cambiado de rumbo. Así que volvió a sentarse a su mesa y se puso a trabajar intentando no prestar atención a las hormigas que todavía pululaban por allí. A la media hora se detuvo y comprobó con gran alivio que el número de hormigas se había reducido drásticamente. Ya solo quedaban unas pocas incondicionales que al parecer pasaban del banquete al otro lado del mundo, pero podía mantenerlas a raya sin demasiado esfuerzo.

Un poco antes de las doce llamó por teléfono a un amigo del departamento de contabilidad y quedaron para tomar un café en la entrada del edificio. Después se paso por la oficina de personal para recoger unos documentos. Cuando regresó a la oficina eran las doce y media. Olía un poco a insecticida pero todo estaba limpio, la papelera vacía, sus carpetas ordenadas y ni rastro de alienígenas adictos a la fruta. Ah, se dijo mientras se arrellanaba cómodamente en su sillón, qué haríamos sin nuestra querida e inestimable Enriqueta.

Semana tonta

Y ahora salen de nuevo, Lucas, una vez más, a pasear esas imágenes sangrantes, dolientes, sobrecargadas, exageradas… Más parecen hieráticas maniquíes, penosas drag queens usurpando de manera grotesca y chabacana el lugar del nazareno y de su madre en esa otra pasión escandalosa y desmedida, convertida ya en puro pasacalle tuneado y morboso que todos quieren ver a toda costa. Toda la tecnología del hombre, toda su elaborada metafísica, sucumben durante esta semana a la loca estupidez patibularia, también ascentral, del oscuro mono primigenio.


Dolientes y estáticas imágenes agobiadas de abalorio y terciopelo, cirios temblorosos poblando el aire de cera requemada, rumor sordo de pasos bajo los cimbreantes escenarios, tambores de patíbulo, cientos de cofrades desfilando dentro de sus tétricas capuchas, penitentes que arrastran cadenas o se azotan… Y toda esa gente arremolinándose en cada esquina, llenado los palcos y la sillería que abarrota las calles del centro; toda esa gente perezosa, pusilánime, festiva, descreída e inconexa, buscando no sé qué emociones trasnochadas y oscuras en medio del patético espectáculo.


La gente sigue necesitando el circo, Lucas, el entretenimiento escandaloso y sangrante, esa devoción tosca e inaudita que precisa de mártires y sacrificios, y se inventa creencias disparatadas que amolda a su gusto y conveniencia, pasiones morbosas, ritos incongruentes donde entregarse sin más al estúpido arrebato compartido, a la contagiosa fiebre generalizada e inevitable de la tonta semana santa.

El taller de los sueños

No había tomado nada esa noche. Unas cervezas, como siempre, pero nada extraordinario. Lo único anormal fue una siesta excesivamente larga. Estuvo almorzando con unos amigos y se tumbó en la cama casi a las cinco de la tarde. Puso el despertador a las seis y media para ir a hacer la visita semanal a la abuela, pero no se despertó. O sí se despertó, pero sentía demasiado sueño aún, así que desconectó el despertador y siguió durmiendo como si nada hasta las ocho o algo más. Después, nada especial, una buena ducha, unas tapas en el bar de siempre con los amigos y al final un rato en casa atendiendo el correo, algo de música, la televisión una porquería, lo de siempre.

Júpiter estaba en medio del cielo, la temperatura era muy agradable y Lucas se quedó todavía un buen rato a observar la noche desde la terraza. Finalmente se acostó tarde, pero sin sueño. Sabía que no iba a dormir con normalidad después de una siesta tan desmesurada. Pero todo estaba bien, era sábado y no le preocupaba la idea de levantarse temprano. Caía poco a poco en un agradable sopor y luego volvía a despertar, pensaba en cosas, cambiaba de postura y volvía a adormilarse de nuevo. Y así una vez y otra pero sin esa ansiedad de otras veces, como si disfrutara de esa alternancia suave entre el sueño y la vigilia, como si pudiera dormir y a la vez verse dormir desde una consciencia tranquila y relajada. No era la primera vez que tenía esas sensaciones, alguna que otra vez se las había provocado también un exceso de café o una lectura absorbente. Hasta aquí no hay nada extraordinario.

Ocurrió más tarde. De algún modo ese pulso blando con el sueño fue sucumbiendo y Lucas cayó poco a poco en un duermevela más profundo, con más sombras que luces, hasta que se hundió en el agua negra de un sueño profundo. Y después, en algún momento de la noche –no tuvo la valentía de mirar la hora- se despertó con una sensación extraña pero extraordinariamente placentera. Ante sus ojos se desplegaba una especie de mosaico blando, cambiante y maravilloso de figuras, formas y colores que aparecían y se esfumaban en una secuencia leve y delicuescente que parecía totalmente acorde a su alma. Cualquier atisbo de pensamiento o añoranza, cualquier amago de su voluntad, por leve que fuera, hacía emerger de inmediato la figura deseada, el rostro olvidado, el paisaje perseguido, la emoción de los poemas más queridos, en una especie de caleidoscopio blando y maravilloso que parecía anticiparse a todos sus pensamientos. Y justo ahí, embargado en una sensación totalmente nueva de asombro y felicidad, se dio cuenta de que no estaba dormido ni soñando. Durante unos pocos segundos tuvo una constancia real y absoluta de que sus ojos estaban totalmente cerrados. Sintió las pestañas entrelazadas. Movió las pupilas. Escuchó el lejano rodar de algún coche en la calle. Pero milagrosamente seguía viendo, proyectada en el interior de sus párpados cerrados, una increíble fuente desbordante de colores alucinantes, como una película donde se mezclaran lejanos recuerdos, secretas esperanzas, sueños y sentimientos. Todo parecía estar ahí, infancia, adolescencia, miedos, gozos, amores y desamores, pero todo reblandecido y domado, inerte y feliz a pesar de su vertiginoso desarrollo, dispuesto a ser acentuado y recreado una y mil veces a cada impulso de sus adormecidos sentidos.

Y de golpe, de pronto, la oscuridad absoluta. La leve pantallita cálida se apagó y ya no pudo activarla más. Hizo todavía algún esfuerzo inconsciente, apretó los párpados, contuvo la respiración, trató de acallar sus pensamientos para fijar de nuevo aquella maravillosa maquinaria autocomplaciente pero todo fue inútil. Fue como si algo se hubiera percatado de su presencia y hubiera lanzado un denso telón negro sobre el increíble escenario. Abrió los ojos muy despacio, desalentado, y pudo entrever la ventana abierta, la noche de fuera, la luna presentida, y supo que había estado en una zona prohibida a la que probablemente nunca más podría acceder. Había estado sin duda, por un solo e inolvidable momento, en el mismísimo taller de los sueños.